Desesperanza y desencanto

El Circulo Roto

Hace un año los seres comunes y corrientes no podríamos haber imaginado la catástrofe que se nos venía encima. Los medios han inundado de tinta, vídeos, y creaciones diversas sobre esta ya innombrable pandemia.

En esta historia, las y los jóvenes están llevando la peor parte. En la etapa en la que los seres humanos acostumbramos a tomar decisiones trascendentales, sus padres han perdido el empleo, han tenido que dejar la escuela para apoyar en la economía familiar, han tenido que posponer la adquisición de nuevos conocimientos y el desarrollo de habilidades académicas para sumergirse en un mundo de exigencias y de presiones inusuales a sus edades, dadas las circunstancias en que han venido viviendo.

Si a la par de la ausencia de interacción, socialización, con otros jóvenes, se suma el bombardeo constante del contexto que no auguraba una pronta solución, la inmersión en un hogar con una convivencia poco usual, las complicaciones del proceso educativo virtual, para los que si tuvieron la oportunidad de ello, lo que el joven ha estado viviendo es una película de terror en carne propia que en nada se parece a las películas de vampiros, zombies y alienígenas a las que ha estado acostumbrado.

La depresión, la ansiedad y la angustia, han reinado en las filas de las juventudes y la sobreexposición a las noticias del pandemiometro que anuncia la evolución de los contagios y las variaciones de la muerte no han hecho más que agravar un estado de desesperanza y de desencanto.

Al joven se le han puesto obstáculos mentales, a punta de flashazos mediáticos y políticos, un día sí y otro también, que le han complicado el imaginar un futuro mejor. Si de por sí la situación económica del país se avizoraba compleja desde antes del marzo del 2020, lo que llegó hace un año vino a complicar más ese panorama.  

Soñar, anhelar, planear, imaginar el futuro, que son de las principales actividades de la juventud se encontraron restringidas. Es evidente que nadie puede dejar de imaginar, pero los anhelos se basan en expectativas que deben tener cierta dosis de realidad que les haga creíbles, y es ahí donde se atora el proceso.

Hoy, el desasosiego no es menor. Se siguen escuchando voces repetitivas sobre una desaceleración económica a nivel mundial en puerta, originada por la excesiva emisión de moneda, por parte de nuestro vecino del norte, sin el respaldo correspondiente.

Me gustaría decir que hay un futuro prometedor, pero me parece que esa premisa de que los pobres están cada día más pobres y los ricos están cada día más ricos, es una realidad ensordecedora, que se intenta maquillar con cifras esperanzadoras, con actos de responsabilidad, con anuncios de pronta solución. Las cifras económicas de la caída del Producto Interno Bruto, reflejan que lo que se había avanzado en el combate a la pobreza se cayó en 10 años de trabajo.  

En medio de esa situación, los fenómenos que produce el sobrecalentamiento del planeta por el uso indiscriminado de los recursos naturales, refleja el cómo de una carrera infernal por lograr ganar en el “sálvese quien pueda”, sumándose al discurso de una clase política que busca evidenciar quien está atendiendo mejor una situación, como si esa competencia, entendible en las arenas políticas, fuera trascendental para resolver el problema de fondo.

Definitivamente, todos coincidimos en que nadie estaba preparado para lo que llegó. Pero si nadie estaba preparado para esto, los que menos preparados estaban eran los jóvenes: esa fuerza productiva en proceso de formación que hoy, al margen de que no están formándose del todo con las herramientas de calidad para afrontar los retos del futuro, han reforzado sus mecanismos de escape para posponer, esto también, el abordaje de los efectos sociopsicológicos que el pandemónium les está generando.

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