El Milagro de Esperanza

Con una bolsa de plástico en la mano donde solo lleva un cuadernillo de doble raya, Margarita camina por lo menos dos kilómetros bajo los intensos rayos del sol para llegar hasta el reclusorio femenil, sitio donde su hermana la aguarda con gran ansiedad. Desde su última visita, ya pasaron más de 6 meses, por eso, a pesar de la tierra que tiene el camino y la soledad de las calles, se resiste a no llegar. En esta ocasión, viste completamente de negro y lleva puestos un par de zapatos que parece llegarán blancos de tanto polvo que pisan; el sol está a plomo y eso la obliga a limpiar el sudor de su rostro con un pañuelo que su abuela le regaló hace apenas una semana.

Es casi la 1 de la tarde y Margarita por fin llegó al reclusorio femenil. Antes de pasar a la revisión, limpió sus zapatos, sacudió su ropa y tiró en el cesto de basura la bolsa de plástico en la que cargó el cuadernillo de su hermana; aún con los estragos del calor, limpió nuevamente su rostro, peinó su cabello y caminó hasta la puerta de ingreso, donde una custodia inspeccionará sus pertenencias; al igual que todos los familiares de las internas, pasará por una minuciosa exploración en donde hay un filtro de “toqueteo físico”, el cual, para muchas es el más incómodo, puesto que las oficiales deslizan sus manos por delante y detrás del cuerpo para cerciorarse que no introduzcan objetos prohibidos; “después de la revisión me voy a esconder el cuaderno debajo de la ropa para que no lo vea; ella me lo pidió desde hace mucho tiempo para su escuela y como apenas tuve dinero para comprárselo… por eso quiero que cuando lo vea se ponga feliz”, dijo emocionada.

Después de aprobar los tres filtros, Margarita entró a la llamada “ratonera”, y buscó entre todas las internas que visten del mismo color a su hermana Esperanza, la cual, permaneció sentada en una de las mesas que dan hacia el corredizo del área de visitas, un espacio que al ser domingo se llenó por todas esas personas que acudieron a platicar, comer o festejar a sus hijas, madres, hermanas o esposas.

Margarita sonrió emocionada tras ver al pequeño Luis Enrique, un niño de apenas 1 año y 3 meses de edad, quien al ver a su tía corrió para abrazarla y darle un beso de bienvenida, y para responder esa felicidad, Margarita cayó de rodillas al piso, lo atrapó entre sus brazos y llevó hasta donde está su hermana, quien después de 6 meses de no verla, casi lloró de la alegría. Esperanza no perdió tiempo y la abrazó tan fuerte, como si fuese la primera vez, y entre susurros le dijo al oído cosas que ellas sólo pueden interpretar con lágrimas y “apapachos”.

Tras un impresionante abrazo de más de 5 minutos, Esperanza tomó la mano de su hermana mayor para llevarla hasta los asientos; caminaron entre las mesillas de material y jugueteando con las miradas iniciaron una larga conversación, que estalló cuando Margarita hurgó entre sus prendas para sacar el cuadernillo que compró. Sin imaginarlo, Esperanza sonrió de felicidad y agradeció el regalo con besos y abrazos.

Después de varios minutos, Esperanza recordó con gran decepción el delito que “no cometió”, y con tristeza contó con amargura la vida que perdió al lado de su familia, y que ahora pocos son los que la recuerdan y asisten a verla en la cárcel. Esperanza platicó que a su hermana nunca le gustó la relación que tuvo con Armando, el hombre con quien presuntamente robó algunos tubos de cobre que aparentemente “estaban en la calle”, pero que sí tenían dueño. En medio de lágrimas, platicó que el padre de su hijo la dejó, y además, en su última declaración, la culpó de llevarse los artículos, y con esa confesión, logró que el juez lo dejara salir en libertad desde el pasado 11 de octubre del 2012. “Cuando supe eso, pensé ‘haber que día salgo’ y yo tenía la esperanza de que en este proceso me sentenciaran, pero al final no pasó nada y por eso vamos a esperar otra solución”, dijo.

Esperanza apenas tiene 31 años y cumple una condena incierta por el delito de robo común, la cual, inició desde el 27 de junio de 2012, día en que llegó al penal femenil con 5 meses de embarazo. Mientras habló de su ingreso al reclusorio, abrazó a su hijo, le besó la frente, y acarició su pequeña mano al recordar que la tristeza la desvaneció al saber que los últimos 4 meses de gestación los pasaría entre las frías celdas y lejos de las personas que por años, le dijeron que se cuidara y no anduviera con quien dijo, fue “el amor de su vida”.

Lejos de sus hermanos e hijos, encontró refugio en las reclusas que además de ser sus compañeras, eran amigas, patronas y aliadas, las cuales, le ayudaron a no caer en depresión. “Este es un sitio en el que nadie quiere ser mamá, por el dolor que les causa no llevar a sus hijos al parque, la escuela o tan simple como ir cada domingo a casa de la abuela”, recalcó. A pesar de eso, tuvo que aprender a vivir en un sitio que no era su hogar, un espacio en el que dio la vida a Luis Enrique, un niño que llegó al mundo con varias complicaciones, porque los doctores le informaron que nació con labio leporino y paladar hendido y por si fuera poco, el llanto, le provocó una hernia muy cerca del estómago.

A pesar de todo, Esperanza cuidó de su pequeñito, y con el apoyo de los médicos, las operaciones y la tecnología, Luis Enrique ya camina, casi come por su cuenta, pasea entre las celdas haciendo travesuras y dice “mamá” a la mujer que llena de culpas y tristezas le sonríe a pesar de la desesperación, decepción e injusticia.

Llena de coraje, relató que fue abandonada desde los 18 años de edad, cuando su padre golpeó a su madre hasta quitarle la vida. El llanto la reprendió al recordar que sus hermanos se olvidaron de ella, porque desde que ingresó al reclusorio, ninguno contestó las cartas que envió: “sentí que no me querían, que a lo mejor me estaban castigando por no entenderlos, porque muchas veces hablaron conmigo y yo no les hacía caso, todo se me hacía fácil, porque era joven… y ahora que estoy aquí, sola, con mi hijo y encerrada”, lloró.

Con los ojos llorosos, la voz cortada y un suspiro que alimenta su alma en medio de la frustración, desesperada e impotente por no poder hacer “algo” que sane los malestares de Luis Enrique, Esperanza, comenzó a resignarse, y aunque lo hace incrédula de la justicia, piensa que ni un juicio la sacará de este infierno, porque en su familia no tienen ni tendrán los recursos suficientes para pagar una fianza que la ponga en libertad: “la verdad ya me desespere, porque aquí tengo un hijo, y gracias a Dios la institución me apoya pero ya es mucha mi desesperación… porque mi familia es de bajos recursos y no cuento con el apoyo suficiente para apoyar a mi bebé… y yo digo ¿hasta cuándo se va a acabar esto?”, declaró.

Triste por su incierto futuro, la joven madre teme que el juez no le otorgue la libertad antes de que su hijo cumpla 3 años, edad en que según la ley, el menor deberá ser llevado a un espacio donde goce de libertad, un sitio en el que no existan los procesos criminales, la lectura de expedientes y las vestimentas en color beige que uniforman a los presos.

Además de Luis Enrique, Esperanza tiene 3 hijos más: Jonathan Ulises, Dolores Jazmín y María de los Ángeles, los cuales, son recordados con gran emoción por una mujer que se sobresaltó al hablar de ellos, pero que cambió su semblante casi en automático cuando platicó que ninguno de ellos la visita, “quiero que mis hijos estén conmigo y que me perdonen lo que hice mal”, añadió infeliz.

Ahora el único cariño que le da esperanzas para salir adelante es el amor del pequeño Luis Enrique, ese hermoso niño que carga entre sus brazos a donde quiera que va, un ángel que le da consuelo y le ayuda a sobrevivir en esta pesadilla.

Envuelta en color pálido, Esperanza es una de las tantas mujeres que cumple una condena por amor, necesidad o complicidad, y que a través de una ventanilla de cristal, espera el veredicto final, que será lo único que le regresará esa libertad y además, le sanará el error y el daño que por tanto tiempo le robó el amor de sus hijos y los consejos de sus seres queridos.

Ante la mirada cabizbaja de su hermana Margarita, comentó con voz quebrantada que el único milagro que espera es salir pronto del reclusorio femenil, para ponerse a trabajar y llevar a su pequeño con un especialista para que lo opere y sane de todos sus males. Entre lágrimas, llegó el momento de despedirse, por eso, Margarita la abrazó y le dijo al oído que cuidará a sus hijos y que pronto será ella quien los educará: “échale ganas, ni yo, ni mis hermanos tenemos algo en contra de ti, lo único que le pedimos a Dios es que salgas de aquí y que cambies, para que cuides a tus hijos así o mejor de como yo lo hago”, señaló y besó a Luis Enrique.

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